La economía de Mendoza tiene como pilares fundamentales la vitivinicultura y el turismo, por eso ambas cosas suelen integrarse en los programas turísticos que se ofrecen en Buenos Aires, no solo a los extranjeros, sino también a los argentinos de distintas regiones. Contagiadas de este espíritu, es habitual que en los distintos departamentos se programen eventos en las plazas, donde se presentan espectáculos musicales, muestras gastronómicas y de vinos de las numerosas bodegas de la región.
Durante el mes de febrero, visitamos el parque Metropolitano de Maipú, en una ocasión para disfrutar de la Fiesta de la Vendimia, donde fue elegida la Reina de esa zona y, unos días más tarde, para recorrer ese hermoso parque. Fue en una tarde soleada, como todas en Mendoza. Llevamos nuestras reposeras, una mesita plegadiza, algo para tomar, y estuvimos disfrutando de las vistas, como lo hacía la gran cantidad de personas que estaban instaladas de modo parecido al de nosotros. Conocimos a un joven matrimonio que había llevado a sus pequeños mellizos, que recién estaban empezando a ponerse de pie y a intentar los primeros pasos. Fueron muy amables, les conté de mis hermanas mellizas, de nuestra reciente mudanza, y trataron de convencernos de que deberíamos mudarnos a Maipú, porque tiene muchas bellezas. Era, sin duda, una pareja enamorada de la ciudad donde vivían.
En esa ocasión, nos hablaron de la plaza Cuatro Esquinas, donde se realizaban todos los fines de semana eventos musicales y había puestos con sabrosas comidas para probar. De modo que esa plaza fue nuestra próxima visita a Maipú, donde compramos algunas artesanías de las muchas que allí se exhibían.
Todo era espíritu de alegría y relajación, aún el coronavirus había dado el presente en Mendoza.
Entusiasmados por el espíritu festivo de los mendocinos, quisimos sumarnos al Paseo de las Burbujas y Sabores del Mundo, que se realizaría los días 22 al 24 de febrero en el Boulevard Dorrego.
Elegimos el segundo día, cuando nubes de tormenta amenazaban con una lluvia casi insólita en esta provincia. Realmente, nos asombramos de la cantidad de puestos que se alineaban a ambos lados del boulevard, con plantas, verduras frescas, artesanías de todo tipo, stands donde se podía paladear distintos vinos y, culminando la muestra, los puestos con comidas típicas de distintos países. Por momentos, el viento parecía querer arrasar con todo, pero apenas cayeron unas cuantas gotas pequeñas, que no alcanzaron a mojarnos. En el puesto de comidas españolas, la gente se volcaba con entusiasmo a la paella, pero nosotros optamos por un guisado de carne de cerdo a la cerveza con miel, que realmente estaba sabrosísimo. Luego, continuamos la recorrida, hasta que en un momento dado, Pablo advirtió que no tenía su billetera en el bolsillo. No podíamos creerlo, hasta ese momento siempre nos habíamos sentido muy tranquilos por la seguridad de todos los lugares que habíamos recorrido. Deshicimos el camino recorrido, con la esperanza de encontrarla caída, pero el caso es que los trabajadores de la limpieza estaban continuamente barriendo y recogiendo todo tipo de residuos, de modo que solo alguno de ellos podría haberla hallado. Y no fue el caso. Cuando nos convencimos de que no íbamos a encontrarla, Pablo advirtió que también le faltaba su celular, que conservaba hasta hacía pocos momentos. No pudimos hacer otra cosa que convencernos de que una mano anónima había logrado sacárselo del bolsillo, por más que me pareciera increíble que él no hubiera sentido nada.
Regresamos tristes y decepcionados, más afligidos a medida que íbamos tomando conciencia de todo lo que llevaba en su billetera, además de dinero: el documento de identidad, sacado hacía pocos días, con el domicilio nuevo; la cédula verde del automóvil, también comprado muy recientemente, y su carnet de conductor.
Fue una noche en la que nos costó dormir y muchas veces, me repetía que yo tenía la culpa porque fui la primera que mostré interés en asistir a ese evento.
Al día siguiente, comencé con molestias digestivas y durante tres días tuve que hacer una dieta muy estricta, casi un ayuno, y no podía sentirme mejor. Aun tengo dudas de las causas de este malestar físico, no sé si realmente lo que comimos me hizo daño o si solo fue una respuesta al sentimiento de culpa por haber impulsado la visita a Guaymallén.
Debimos esperar a que finalizara el Carnaval para iniciar los trámites para recuperar los documentos perdidos, dejando el automóvil en casa hasta tanto eso se concretara. Volvimos al uso del transporte público, que lo hay en abundancia, pero siempre es mucho más lento y nos llevaba horas cada vez que debíamos ir a la ciudad de Mendoza. Algunas veces, aprovechamos para caminar algunas cuadras por sus amplias aceras, disfrutando la vista de sus árboles con enormes troncos, que ascendían para unirse con los de la vereda de enfrente formando un hermoso arco, que nos protegía de la fuerza del sol.
En una de estas ocasiones, al pasar por la peatonal, encontramos un escenario en el cual se desarrollaba un número musical, y frente al mismo estaban agrupadas tres de las reinas de distintos barrios de San Rafael, que entregaban globos a quienes nos acercábamos a saludarlas. Les conté de mi nieta Belén que vive en San Rafael, y les saqué una foto. La Reina del departamento estaba en el otro lado del escenario, entrevistada por un periodista que portaba un grabador igual al que yo usaba cuando cumplía esas funciones para el periódico de Luján. Me pareció una hermosa joven, alta y elegante, pero demasiado seria, lo que le daba una apariencia de soberbia, aunque podría ser una falsa apariencia, claro está.
Finalmente, el nuevo documento llegó a casa, lo único que no pudo recuperar fue el carnet de conductor, si bien puede mostrarlo a través de una aplicación en su nuevo celular.
El anuncio del primer caso de COVID 19 en Argentina coincidió con el inicio de la Festa in Piazza, celebración que se realiza desde hace treinta y cinco años en la Plaza Italia, de la ciudad de Mendoza. Esta vez, pudimos ir en el automóvil, llevamos nuestras reposeras y nos ubicamos en un extremo de la plaza, lejos del escenario, pero como había numerosos y potentes parlates, no tuvimos dificultades en escuchar la magnífica interpretación de una soprano y de un tenor. Lo que me dejó un tanto desconcertada fue el anuncio del conductor del espectáculo cuando presentó a un artista recién llegado de Italia, que a pesar de estar muy cansado por el viaje, iba a interpretar algunas de sus piezas favoritas. Para nuestro gusto, demasiado tradicional y serias, pero sobre todo, me preguntaba, ¿no era arriesgado exponer a todo este público a un cantante que acababa de llegar de un país donde el COVID 19 estaba haciendo estragos?
Claro que me limité a comentarlo con mi marido, porque hacía menos de dos meses que estaba residiendo en Mendoza y no me parecía prudente ganarme la antipatía de algunos mendocinos criticando esta decisión de los organizadores de un evento tradicional y tan importante como este.
En torno a la plaza se alineaban puestos con diferentes comidas típicas de distintas regiones de Italia, todos ellos con extensas colas, pero yo conseguí comprar dos empanadas de frutos del mar, sin advertir hasta que me las entregaron que estaban fritas. Hace mucho que he descartado los fritos de mi dieta, por eso lo llevé con recelo y solamente comí la mitad de una de ellas, en tanto que Pablo devoró con entusiasmo una y media.
Apenas regresamos a casa, comencé a sentirme mal, pero añadí a mi sensibilizado estómago un racimo de uvas de la parra de nuestro fondo, que tenía guardada en la heladera, lavada, pero le sentí un sabor a tierra, como si estuvieran sucias.
A partir de esa noche, mi malestar intestinal recrudeció y me vi obligada a pasar dos días en ayuno, luego de los que empecé a añadir arroz blanco, caldo y algo de zapallo hervido. Pero no me apetecía comer y me sentía hinchada y con dolores en la zona hepática. Como tenía turno para mi médico de cabecera el martes siguiente, me lo tomé con la mayor calma posible y dormí bastante.
Continuábamos sin escuchar la radio ni encender el televisor, la única posibilidad de recibir información sobre lo que estaba ocurriendo provenía de internet, pero continuábamos sin tomar conciencia de que nos íbamos acercando a una zona peligrosa, de la cual nos iba a costar grandes esfuerzos volver a salir.
Experimenté con vos cada detalle que contastes. Un fuerte Abrazo!!!
ResponderEliminarGracias!
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