Algunos días, decido ir al supermercado a hacer alguna compra. Ahora, desde el miércoles 15, es obligatorio ponerse el barbijo o bozal, como lo llamo yo. Me debo cambiar el calzado de entre casa y ponerme un par de zapatillas viejas que permanecen en una caja de cartón frente a la puerta de la cocina, que da al garaje. Al regresar, la ceremonia de desinfección termina siendo más prolongada que todo el trámite de la compra, sobre todo ahora que aprendí a qué hora va menos gente al supermercado y aprovecho a hacer las compras a esa hora, que es entre las 12.30 y las |13.30.
Cuando llego, limpio con alcohol en gel el llavero y las manijas de las puertas que he tocado, me quito el barbijo y lo coloco en una palangana con agua con jabón y un chorrito de lavandina, que ya dejé preparada previamente. Antes de eso, me he cambiado el calzado, las bolsas con las compras son vaciadas y cada uno de los paquetes o cajas o botellas, de vidrio o plástico, son lavadas una por una con agua jabonosa, enjuagadas y secadas, antes de guardarlas en su correspondiente lugar. Las bolsas, al lavadero, donde serán puestas en remojo o directo al lavarropas. Ya mis manos están super limpias y resecas, me he sacado parte de la ropa que usé en la calle, ahora falta pasar un trapo con lavandina por el piso de la cocina, ya que en él estuvo apoyada alguna de las bolsas y pasaron las ruedas del carrito que llevé para traer las compras.
Limpiar cuidadosamente los anteojos y el celular, nada se salva. Y ya estoy cansada y sin ganas de hacer nada, pero hay que seguir con la rutina.
He ido perdiendo mi gusto por cocinar, por escribir, por buscar películas en Netflix, siempre en mi computadora portátil, porque el smart tv que compré con esa finalidad, rara vez se conecta al sistema, debido a que ahora todo el mundo está prendido a internet como único medio de distracción.
Por algunos días, jugábamos a los dados, a los naipes y al scruble, que me regaló mi nieto, pero ahora tampoco eso me gusta ya, me he aburrido de todo lo que tengo a mi alcance para entretenerme.
Me comunico poco con mis hijos. Sé que ellos también están encerrados, Pablo no puede trabajar porque nadie quiere encargar muebles y recibirlos en sus casas, por las dificultades económicas y por temor a que tengan algún virus oculto, nunca se sabe.
A estas alturas, vemos virus por todas partes, y tal vez no sea de ese modo, pero el temor ha ido ganando espacios.
Sonia, mi nuera, tampoco puede vender sus colchas, sábanas y cortinas que por tanto tiempo fueron su medio de vida, por iguales razones. Mi hijo Alejandro sí, puede seguir trabajando desde su casa
Luisina, mi otra nieta, hermana de Luz, se ha quedado en su apartamento alquilado en Luján, aunque se hizo algunas escapadas para visitar a sus padres y hermana. Ella también puede trabajar por internet, ordena sus placares y mira series en Netflix.
De mi nieta Camila, la hija mayor de Pablo, no sé nada. Belén, su hermana menor, que vive en San Rafael, Mendoza, hace un mes fue a Luján a visitar a su padre y abuelos maternos y la cuarentena la obligó a permanecer allá.
Así es la vida ahora, gracias al virus.
Hoy, 17 de abril, en Godoy Cruz el clima estuvo hermoso, cálido y soleado, pero luego de pasar una noche pésima, no quise salir a dar ni una vuelta de manzana.

