domingo, 22 de marzo de 2020

MENDOZA, NUEVA VIDA

El 16 de enero la empresa de Mendoza que habíamos contratado para la 5llegó mucho antes de la hora prevista. Desde la noche anterior estaba lloviendo. Antes de las 10 de la mañana el camión iniciaba su viaje a Godoy Cruz, pero nosotros habíamos sacado pasaje en micro de larga distancia, que saldría recién en horas de la tarde. Limpiamos la casa que estábamos dejando, en la que habíamos vivido solo dos años, entregamos la llave a la inmobiliaria y tomamos un taxi hasta la ciudad de Luján, donde estuvimos caminando con la maleta de mano y un paraguas cada uno. La lluvia se detuvo, el sol volvió a salir. Estuvimos sentados en la Plaza Colón, sacamos las últimas fotos en la ciudad en la que había estado viviendo durante cincuenta y cinco años, preguntándome cuándo volvería a verla, quizás cuando fuera a visitar a mis hijos y nietas. Ahora, apenas dos meses después, me pregunto si realmente podré volver alguna vez. Porque ninguno de nosotros, teniendo más de setenta años, puede estar seguro de que sobrevivirá al coronavirus. Pero entonces, ni siquiera recordábamos su existencia.
Finalmente, en horas de la tarde nos encontramos con Alejandro, el hijo de mi pareja, que junto a su mujer y sus tres hijos habían ido a despedirnos. También estaba un matrimonio con el cual habíamos afianzado una amistad en los últimos dos o tres años, Gloria y Eduardo, que también fueron a despedirnos y desearnos suerte.
Llegamos a Mendoza el 17 de enero por la mañana. Nos esperaba Juan Carlos, amigo de Pablo, mi pareja, que nos trajo hasta la nueva casa. Una experiencia muy particular para vivir a esta edad, el calor seguía y el sol mendocino brillaba como es su costumbre, sin darse tregua. 
Llevó días ordenar la casa, desarmar las cajas con libros, elementos de cocina, ropa, todo lo necesario para iniciar una nueva rutina de vida en Mendoza. No teníamos televisión, no escuchábamos radio, no comprábamos periódicos, no recibíamos noticias del coronavirus por medio de nuestros celulares. 

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